De la mano de la cosecha temprana y el rescate de cepas antiguas, el enólogo mendocino le da un nuevo sentido a la frescura. Una propuesta pensada para quienes buscan disfrutar de una copa en cualquier momento del día, priorizando el bienestar y el equilibrio sin perder la identidad del terroir.
Hubo un tiempo —no tan lejano— donde el vino argentino se medía por sus "músculos". Si no tenía 14.5 grados de alcohol, madera persistente y una estructura que te obligaba a tomar una siesta después de la primera copa, parecía no calificar en las ligas del "gran vino". Pero el mundo cambió, el reloj corre más rápido y nuestras mesas (y prioridades) también.
Hoy, la tendencia no es la potencia, sino la omnipresencia. Queremos vinos que nos acompañen sin pasarnos factura, que fluyan en un brunch de domingo, en un after office espontáneo o mientras terminamos un hilo de Twitter (X). Aquí es donde Mauricio Lorca, un enólogo que siempre ha sabido leer el pulso del viñedo, patea el tablero con El Mirador, su nueva línea de baja graduación alcohólica.
No es "vino sin", es vino real (y con alma)
La gran controversia de los vinos desalcoholizados es que suelen perder su identidad en el laboratorio. Lorca, fiel a su formación técnica pero con una sensibilidad puesta en el terroir, eligió otro camino, sin procesos industriales mágicos, donde hay agronomía pura.
Cosechar temprano permite capturar la acidez vibrante y los aromas primarios antes de que el sol de Mendoza convierta todo el azúcar en alcohol potencial. El resultado son etiquetas de 8,5 y 9,5 grados que mantienen la frescura, el nervio y, sobre todo, el placer de beber.
“No le veo potencial a los vinos sin alcohol; dejan de ser vino”, cuenta Mauricio. Además agrega que "La potencia no es calidad; la calidad es el equilibrio". Y en este balance, la Generación Z ha encontrado su refugio. Para un público que prioriza el bienestar, el consumo consciente y las experiencias visuales, estos vinos son el accesorio perfecto para un estilo de vida dinámico.
El Este Mendocino: El rescate de lo auténtico
Lo más fascinante de El Mirador no es solo el número en la etiqueta, sino el origen. Lorca pone el foco en el Este de Mendoza, una zona históricamente subestimada que hoy se revela como un oasis de biodiversidad. Allí, rescató parrales centenarios de Criolla, Moscatel y Pedro Ximénez.
Es una declaración de principios: la innovación no siempre es mirar al futuro, a veces es saber interpretar el pasado con ojos nuevos.
El Line-up de "El Mirador": ¿Qué hay en la copa?
Criolla Blanca (8,5% alc): Un ensamble de Pedro Ximénez y Moscatel que es pura poesía floral. Es el vino para el "tapeo al sol", ligero, refrescante y con una bebilidad peligrosa (en el buen sentido).
Ancellotta - Malbec (9,5% alc): Olvídate de los tintos pesados. Aquí mandan la frutilla y la cereza. Es jugoso, directo y tiene esa "vibe" de vino tinto de verano que marida increíble con una pizza de masa madre o una ensalada gourmet.
Estamos ante el fenómeno de los "vinos de sed" (o glou-glou, como dicen los franceses). En Inglaterra, el 70% de la producción ya voló de las góndolas. ¿Por qué? Porque ofrecen lo que el consumidor moderno busca: placer sin pesadez.
El Mirador demuestra que no hace falta "marearse" para disfrutar de la complejidad de un suelo. Es una invitación a dejar de lado las rivalidades entre estilos y entender que el mejor vino es aquel que se adapta a tu ritmo, y no al revés.
Si buscas una experiencia que sea técnica en su origen pero emocional en su disfrute, los nuevos ejemplares de Lorca son, sin duda, la actualización que el sistema del vino argentino necesitaba.
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